Europeo

Bande Desinée (abreviado BD) es el término usado para definir el tipo de cómic que se produce en Europa. Junto al cómic americano y el manga, el otro gran pilar de las historietas a nivel mundial. La BD tiene un estilo muy marcado y sus historias, generalmente, se recopilan en álbumes que contienen entre 40 y 60 páginas. De sus viñetas han nacido grandes iconos de la cultura popular como Tintín, Astérix, Lucky Luke, Corto Maltés o Spirou.

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El cómic europeo en España

La aparición del cómic europeo en nuestro mercado vino a significar en realidad la llegada del cómic para adultos. De hecho, la denominación cómic, marcaba la diferencia con la tradicional tebeo, que iba ligada en el imaginario colectivo  a un producto infantil.

Naturalmente, la singularidad política y social de nuestro país no era ajena a todo esto. De tal manera que es con la agonía de la dictadura y el advenimiento de la democracia, que se puede imprimir, vender y consumir, un tipo de historieta impensable bajo la férrea censura franquista.

Hablamos fundamentalmente del cómic francés y del cómic belga. Una generación de autores que eclosionarían dentro del colectivo Humanoides Asociados y que atesoraban una genialidad creativa difícilmente repetible.

En nuestro  país, llegaron de la mano de la editorial Nueva Frontera, con sus cabeceras Totem y Metal Hurlant. Junto a los cómics de Moebius, Caza, Druillet…, conoceríamos también a creadores del calibre de Hugo Pratt, Crepax o Tardi.

Estas historietas, junto a los autores norteamericanos (que alimentaban revistas hoy míticas del editor Josep Toutain como Creepy o 1984), y la generación de autores españoles que comenzaron a publicar en la revista El Víbora, dieron un auténtico balón de oxígeno a los lectores que buscaban y necesitaban algo de mayor calado que los tebeos de Bruguera (y similares). En un tiempo en el que los superhéroes vivían en pocas –y malas- ediciones y del manga nadie había oído hablar, todas estas revistas vinieron a configurar una edad dorada de los tebeos en España.

Fue la edad dorada de lo que venía a conocerse como “revistas de continuará”. Las historietas se serializaban en revistas –casi siempre mensuales-.  Algunas de ellas, más adelante, se recopilaban en álbumes. Y aunque estos, solían encuadernarse en rústica, y contaban con pocas páginas, la economía del lector medio español no estaba para dispendios, con lo que, el gran consumo lo daban estas revistas.

Naturalmente, siguió existiendo un espacio para los comics más infantiles. De hecho, estos personajes eran prácticamente los únicos que conocían ediciones de mayor empaque, con álbumes en cartoné y color. Así, las editoriales Juventud y Grijalbo nos ofrecían títulos que ya se consideraban clásicos. Nos referimos a los cómics de Tintín, Astérix, Lucky Luke, etc. Del extenso fondo de Bruguera, un grupo muy reducido conocía esta misma presentación: Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape y poco más.

Con el tiempo, los lectores se cansaron de la fórmula continuará. Las revistas se extinguieron, una tras otra (y no solo en España).  Y así, los álbumes se dignificaron. El cartoné y el color empezaron a hacerse más frecuentes y los cómics encontraron un hábitat propio distinto del kiosco: las librerías especializadas. Supuso la llegada de lo que podemos considerar una segunda edad dorada. España ya había dejado de ser un país en desarrollo y el consumo de ocio y cultura se generalizó. Ante el lector de comics se mostró una oferta nunca antes vista. Nuevas editoriales como Norma Editorial o Glénat se alternaban en ofrecer los extensos catálogos que se gestaban en Francia, Italia, Bélgica… Paradójicamente, nuestros autores, salvo honrosas excepciones, tenían que ver publicadas sus obras en el extranjero, antes de que una editorial española se hiciera con los derechos de dichas obras.

El siglo XXI, trajo consigo una revolución tecnológica arrolladora. El mundo de la cultura, el entretenimiento y la industria que lo conforma tienen que encarar unos cambios que no dejan de producirse.  Además, al igual que en otras disciplinas, determinadas fórmulas creativas parecen agotadas. El resultado es que, en estos días, el cómic europeo (también el americano, claro) se encuentra atravesando un erial del que no se vislumbran los límites.